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La dimensión relacional y emocional de los trastornos de la conducta alimentaria. Bulimia, 1ª parte. - Ana Minieri
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Ana Minieri Psicóloga clínica y psicoterapeuta en Barcelona

”Más de treinta años de experiencia en asistencia y tratamientos psicológicos en Barcelona.”

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En nuestra sociedad actual, existe una gran preocupación por los trastornos de la alimentación, ya sea por comer en exceso (bulimia), o bien por restringir severamente la incorporación de alimentos (anorexia).

 

La bulimia  sería  la ingesta desmesurada de comida, combinada o no, con episodios de vómitos, y que tiene como consecuencia la obesidad, a la vez que, emocionalmente es un desencadenante de intensos sentimientos de culpa. Es un trastorno muy acorde con la perspectiva consumista y voraz de la sociedad occidental, que funcionaría como un enorme tubo digestivo cuyo objetivo sería el de  engullir y excretar todo tipo de objetos.

 

Al principio de la vida y en condiciones adecuadas, la alimentación constituye una experiencia de gratificación que abarca no sólo el placer de la nutrición, sino también aquel que comporta sentirse vinculado a la madre amorosa, que calma, cuida, protege, y acompaña. La huella que deja esta vivencia persistirá a lo largo de toda la vida, esa es la razón por la que la alimentación se halla tan asociada a componentes afectivos y relacionales. En la primera infancia, la nutrición es susceptible de convertirse en una de las experiencias más significativas a la hora de potenciar el vínculo entre el bebé y su madre. Por ello, cuando el proceso de alimentación sufre alteraciones debido a enfermedades somáticas, estas alteraciones repercutirán directamente en la relación madre-hijo. Y al revés, según sean las vicisitudes de dicha relación, también tendrán una resonancia en los episodios de ingestión del alimento.

 

En lo concreto, alimentarse implica introducir en el organismo unas sustancias que favorecerán su vitalidad, crecimiento y desarrollo. Paralelamente y a nivel psicológico, significa que la mente está incorporando una experiencia gratificante, que en el caso del bebé es vivida en relación con la madre y le estimula a utilizar todos sus sentidos para guardarla dentro de sí. De este modo, dicha experiencia pasa a ser la materia prima de  actividades mentales primarias como son las ensoñaciones sensoriales, las fantasías y también la memoria, constituye el paradigma a partir del cual puede fomentarse una actitud básica de confianza para buscar e incorporar experiencias nuevas, actitud estrechamente asociada a un buen nivel de autoestima, que a su vez estimula la curiosidad y el deseo de aprender, entendido como el deseo de incorporar nuevos conocimientos, que vendrían a ser un alimento para el desarrollo de la mente.

 

Cuando todo va bien, la madre, poseedora de la benignidad de dar el alimento, y el bebé, capaz de recibirlo  gozoso, mantienen en equilibrio su relación de bienestar mutuo al hallarse en la escena de la alimentación. Pero este sistema en equilibrio se desajusta y se pierde ante la incidencia de eventualidades frustrantes, que suelen ir más allá de la nutrición, y que pertenecen al ámbito de la relación. Especialmente relevantes son las separaciones  de la madre y el bebé, las cuales, aunque necesarias e inevitables, pueden constituir auténticos momentos de crisis en función de cómo se llevan a cabo, de cómo se toleran y de cómo se simbolizan, tanto en la mente de la madre como en la del bebé, teniendo en cuenta que ambas se hallan en una conexión permeable de influencia  continua.

 

En un intento de restablecer la armonía entre ambos, madre y niño pueden entrar en una complicidad implícita, utilizando el alimento como si fuera un elemento compensatorio del equilibrio y bienestar perdidos transitoriamente, con la esperanza de que sea capaz de mitigar el malestar emocional, y actúe como un calmante de la ansiedad y la frustración. De esta manera, la ingesta del alimento ya no se utilizaría para satisfacer la necesidad fisiológica del hambre, sino que se pondría al servicio de combatir la soledad y soportar el vacío interior.

 

Vemos, pues, cómo se establecería un fallo mental, posiblemente, no tanto en la comprensión de la necesidad afectiva, como en la forma de resolver la cuestión de cómo aguantar el dolor mental y confiar en su transformación. Precisamente, esta confusión y fallo en la simbolización (representación mental del conflicto y de su resolución), provoca que el alimento sea utilizado inadecuadamente y su ingesta  sólo consiga satisfacer el malestar emocional aparente y momentáneamente,  por lo que la conducta alimenticia ha de intensificarse y repetirse en la medida que reaparece el conflicto que origina el sufrimiento emocional no resuelto. Así vemos cómo se crea una dependencia adictiva o patológica a la ingesta de comida, constituyéndose el precursor de la bulimia.

 

 

Ana Minieri
Ana Minieri | Psicóloga clínica y psicoterapeuta en Barcelona

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